Bajo el cielo luminoso de la costa norte de Colombia, en la Ciénaga Grande de Santa Marta, existe un lugar que parece haberse escapado de las páginas de un cuento de Gabriel García Márquez. se llama Nueva Venecia, y es un pueblo palafito que se alza en medio de las aguas tranquilas de la ciénaga. Las casas de Nueva Venecia se erigen sobre pilotes de madera, desafiando la gravedad mientras se mecen suavemente con las brisas que recorren la ciénaga. Sus colores vivos contrastan con el azul profundo del agua que las rodea, y cada estructura parece haber sido sacada directamente de un sueño. A pesar de la ausencia de la tecnología moderna, la gente de Nueva Venecia irradia alegría y paz, sus sonrisas son un reflejo del resplandor del sol sobre las aguas. Aquí, el tiempo parece detenerse, y las preocupaciones del mundo exterior se desvanecen como el humo de un cigarro. En Nueva Venecia, las familias se entrelazan como las raíces de los mangles que emergen del agua. Los pescadores salen al amanecer en sus pequeñas embarcaciones, persiguiendo los secretos que las aguas de la ciénaga guardan celosamente. El sustento de la comunidad depende de la pesca.
En la cotidianidad de Nueva Venecia, la vida se desenvuelve en una coreografía única, donde las lanchas, o «bogas» como las llaman cariñosamente, son el medio de transporte esencial. Cada boga es como una extensión de la familia, con nombres que van desde lo humorístico hasta lo poético. Los habitantes de Nueva Venecia dependen de estas pequeñas embarcaciones para desplazarse por el laberinto de canales que serpentea a través de la ciénaga. Desde los niños que navegan en bogas escolares hasta los pescadores que las utilizan para buscar su sustento diario, las bogas son el latido de la vida en este pueblo palafito. El suave susurro de los remos cortando el agua se convierte en la banda sonora de la rutina diaria, y el vaivén de las bogas es el ritmo que marca el compás de Nueva Venecia.































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