
Nueva York siempre ha sido una ciudad para mirar, pero en invierno es otra cosa, un territorio que obliga a bajar la velocidad, a caminar despacio, a observar lo que se esconde entre el frío. Esta serie nace precisamente de ese gesto, caminar sin un destino claro, permitir que la ciudad se imponga y, al mismo tiempo, abrirse a la posibilidad de perderse.
El asombro convive en cada imagen. A veces la escena es contundente, el humo que escapa de las entrañas de Manhattan, un ciclista avanzando entre sombras, una pista vacía frente a los rascacielos y otras aparece algo mucho más frágil, la silueta de un árbol desnudo, un ave cruzando el horizonte, la Estatua de la Libertad vista desde la distancia como si la ciudad la hubiera olvidado por un momento.
Un invierno en Nueva York también es un ejercicio de experimentación discreta: aprovechar los errores, las variaciones de foco, los desenfoques involuntarios, los reflejos que se cuelan en el vidrio. Esa parte del error, cuando se la escucha en vez de corregirla, introduce una vibración distinta. No busca distorsionar la realidad, sino revelar cómo se siente caminar cansado, con las manos frías, con la mente divagando entre luces, sombras y ruido.
La serie es, sobre todo, un ensayo visual sobre la contemplación. No pretende ordenar la ciudad ni describirla: solo acompañar esa sensación de deriva donde cada esquina ofrece una pausa breve, una microhistoria, una forma de intimidad dentro del caos.
Aquí, perderse deja de ser un accidente y se convierte en un método. Una manera honesta de encontrarse, aunque sea solo por un instante, con la ciudad más fotografiada del mundo, pero esta vez desde un silencio propio.








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